4/9/12

Ciudad autómata


   José salía de la oficina tras otro día de trabajo. Se había acostumbrado ya a los conflictos laborales y al sin sentido de dedicar sus esfuerzos a enriquecer a un consejo de accionistas, pero aun así la desidia hería su sensibilidad día tras día, por muy vapuleada que estuviera ya.

   La polución teñía la ciudad de un gris que parecía reflejar el ánimo de sus habitantes, a menudo reducidos a marionetas del sistema. José pensaba en ello a medida que caminaba de regreso a casa, a la vez que se cuestionaba si no era su mente la que omitía el colorido del entorno. Desearía tener preocupaciones mayores en las que pensar, pero la estabilidad personal que tanto le habia costado alcanzar lo estaba consumiendo poco a poco, como un cigarrillo se deshace en los labios de quien lo maneja.

   De pronto se descubre plantado ante el portal de su piso. Del bajo sale un ruido de platos chocando que le hace sentir una ternura infinita por su esposa, consciente de que siempre ha estado para cuidarlo y endulzar un poco su vida. Lástima que su forma de ser, optimista irracional, nunca haya llegado a ofrecer la plenitud que José necesitaba para paliar un poco la angustia de su vacío.

   Al entrar en casa su esposa y sus hijos lo saludan, cada uno a su manera, de lo que da fe la mancha de cera verde que ahora adorna la blancura antes impoluta de la camisa de José. La sonrisa de la hija se ve reflejada en la cara de su padre casi involuntariamente, mientras éste le desea en sus adentros una mentalidad tan positiva como la de su madre.

   Hace calor, pero una corriente de aire frío refresca el salón. José localiza la fuente y se adentra en el balcón de su cuarto piso. Se asoma a la barandilla y la sordidez de los edificios de la ciudad penetra en sus ojos sin piedad. Piensa en la de gente infeliz que deben albergar todos esos ladrillos, la de vidas de preparación y esfuerzo hasta la extenuación que se habrán dedicado a ir pagando las hipotecas que, como a él, habrán perseguido a sus titulares desde la sombra durante años y años. Su mente rezuma ansiedad por cada inocente que se habrá extinguido preso del sistema.

   Entonces, sin haberlo planeado, salta al vacío.

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