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4/9/12
Ciudad autómata
José salía de la oficina tras otro día de trabajo. Se había acostumbrado ya a los conflictos laborales y al sin sentido de dedicar sus esfuerzos a enriquecer a un consejo de accionistas, pero aun así la desidia hería su sensibilidad día tras día, por muy vapuleada que estuviera ya.
La polución teñía la ciudad de un gris que parecía reflejar el ánimo de sus habitantes, a menudo reducidos a marionetas del sistema. José pensaba en ello a medida que caminaba de regreso a casa, a la vez que se cuestionaba si no era su mente la que omitía el colorido del entorno. Desearía tener preocupaciones mayores en las que pensar, pero la estabilidad personal que tanto le habia costado alcanzar lo estaba consumiendo poco a poco, como un cigarrillo se deshace en los labios de quien lo maneja.
De pronto se descubre plantado ante el portal de su piso. Del bajo sale un ruido de platos chocando que le hace sentir una ternura infinita por su esposa, consciente de que siempre ha estado para cuidarlo y endulzar un poco su vida. Lástima que su forma de ser, optimista irracional, nunca haya llegado a ofrecer la plenitud que José necesitaba para paliar un poco la angustia de su vacío.
Al entrar en casa su esposa y sus hijos lo saludan, cada uno a su manera, de lo que da fe la mancha de cera verde que ahora adorna la blancura antes impoluta de la camisa de José. La sonrisa de la hija se ve reflejada en la cara de su padre casi involuntariamente, mientras éste le desea en sus adentros una mentalidad tan positiva como la de su madre.
Hace calor, pero una corriente de aire frío refresca el salón. José localiza la fuente y se adentra en el balcón de su cuarto piso. Se asoma a la barandilla y la sordidez de los edificios de la ciudad penetra en sus ojos sin piedad. Piensa en la de gente infeliz que deben albergar todos esos ladrillos, la de vidas de preparación y esfuerzo hasta la extenuación que se habrán dedicado a ir pagando las hipotecas que, como a él, habrán perseguido a sus titulares desde la sombra durante años y años. Su mente rezuma ansiedad por cada inocente que se habrá extinguido preso del sistema.
Entonces, sin haberlo planeado, salta al vacío.
2/6/12
VII
- Fuera de mi habitación. Ya hablaré después contigo.
- ¿Qué querías?
+ Saber que querías de cenar, y ahora saber si me quieres.
- Te aprecio, pero creo que estoy contigo por no estar sola. Muchas veces me miro a mí y te miro a ti y noto que estamos en momentos diferentes de la vida, que yo ya demostré la incoherencia de tus creencias pero no puedo ilustrarte porque destruiría tu ilusión.
Me iría de tu lado ahora mismo, pero probablemente te hiciera más daño del que mereces y hasta yo me quedaría un tanto vacía.
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- ¿Qué querías?
+ Saber que querías de cenar, y ahora saber si me quieres.
- Te aprecio, pero creo que estoy contigo por no estar sola. Muchas veces me miro a mí y te miro a ti y noto que estamos en momentos diferentes de la vida, que yo ya demostré la incoherencia de tus creencias pero no puedo ilustrarte porque destruiría tu ilusión.
Me iría de tu lado ahora mismo, pero probablemente te hiciera más daño del que mereces y hasta yo me quedaría un tanto vacía.
VI
- ¿Me prefieres a la muerte?
+ Tal vez.
- ¬¬
+ ¿A qué viene esa mirada?
- No, a nada.
+ A nada no, ¿a qué vienen esos ojos?
- Pensaba que te aportaba algo.
+ Pensabas demasiado. De mí, de ti, del mundo. Es por eso que no encuentras tu rumbo.
+ Tal vez.
- ¬¬
+ ¿A qué viene esa mirada?
- No, a nada.
+ A nada no, ¿a qué vienen esos ojos?
- Pensaba que te aportaba algo.
+ Pensabas demasiado. De mí, de ti, del mundo. Es por eso que no encuentras tu rumbo.
26/3/12
El culmen de la invidente
La prostituta se niega a aceptar a su cliente. Es cierto que su fealdad contribuye, pero no lo es todo, nunca se ha mostrado siquiera reticente a cumplir con su trabajo por las meras condiciones físicas, a las que ya se ha acostumbrado. De hecho no sabe muy bien porque lo hace, porque se complica tanto la situación sin motivo ni beneficio posible, pero tiene claro que no piensa hacerlo, y está convencida de que hará caso a sus pasiones, su razón le indica que sea pasional. Normal. Nada especial.
Es curioso. Aunque acostumbra a soportar a gentuza de toda clase (si bien es cierto que lo hace porque no tiene más remedio) ha llegado un punto en el que no quiere continuar con este consumidor, antes habitual. Su perturbadora costumbre de usarla para algo más que lo común entre la masa la consume a poco a poco, y piensa ella que ningún beneficio que le pudiera deparar soportarla sería suficiente compensación, ni tiene ganas de seguir con ello. Así que dignamente se despide y abandona el piso del borracho, que en su embriaguez ni entiende ni respeta ni comparte ni comprende la postura que la meretriz ha adoptado. Aun así, no es una persona propensa a la violencia, por lo que no se le pasa por la cabeza salir a perseguirla una vez que franquea el umbral de la puerta, aun habiendo pagado ya el servicio. El cliente queda confuso, no termina de entender que un 'objeto' como el que acaba de abandonar sus dominios pueda pensar por sí mismo y dejarlo plantado, cubata en mano y calzoncillos bajados.
La chica pisa la calle con un sentimiento de fortaleza y dominio de la situación que la sorprende a ella misma. Ha cambiado desde sus inicios, cuando se dejaba atraer por cualquiera con euros en los bolsillos. Ahora es dueña y señora de sus decisiones, emociones y sentimientos: abandona los lugares en los que no se siente a gusto; se permite ser selectiva, y le va mucho mejor. Está más solicitada y, contra todo pronóstico, rehace su rutina laboral con un éxito que le permite vivir mejor y sentir que su vida, al igual que el cuerpo que brinda a quien acude a ella, es suya. Aprende a manejar sus decisiones con inteligencia, mirando por sí misma antes que por los clientes; a los que trata de evitar el mal rato de quedarse desnudos aun marchándose cuando lo considera oportuno.
Es curioso. Aunque acostumbra a soportar a gentuza de toda clase (si bien es cierto que lo hace porque no tiene más remedio) ha llegado un punto en el que no quiere continuar con este consumidor, antes habitual. Su perturbadora costumbre de usarla para algo más que lo común entre la masa la consume a poco a poco, y piensa ella que ningún beneficio que le pudiera deparar soportarla sería suficiente compensación, ni tiene ganas de seguir con ello. Así que dignamente se despide y abandona el piso del borracho, que en su embriaguez ni entiende ni respeta ni comparte ni comprende la postura que la meretriz ha adoptado. Aun así, no es una persona propensa a la violencia, por lo que no se le pasa por la cabeza salir a perseguirla una vez que franquea el umbral de la puerta, aun habiendo pagado ya el servicio. El cliente queda confuso, no termina de entender que un 'objeto' como el que acaba de abandonar sus dominios pueda pensar por sí mismo y dejarlo plantado, cubata en mano y calzoncillos bajados.
La chica pisa la calle con un sentimiento de fortaleza y dominio de la situación que la sorprende a ella misma. Ha cambiado desde sus inicios, cuando se dejaba atraer por cualquiera con euros en los bolsillos. Ahora es dueña y señora de sus decisiones, emociones y sentimientos: abandona los lugares en los que no se siente a gusto; se permite ser selectiva, y le va mucho mejor. Está más solicitada y, contra todo pronóstico, rehace su rutina laboral con un éxito que le permite vivir mejor y sentir que su vida, al igual que el cuerpo que brinda a quien acude a ella, es suya. Aprende a manejar sus decisiones con inteligencia, mirando por sí misma antes que por los clientes; a los que trata de evitar el mal rato de quedarse desnudos aun marchándose cuando lo considera oportuno.
21/2/12
Camino
Avanzaba. Avanzaba sin ganas, pero avanzaba. Aunque a su alrededor el paisaje mantenía el mismo tono lúgubre al que ya se había acostumbrado no cesaba de dar nuevos pasos, con la certeza de que eran pasos inútiles, que sólo le internaban más en la oscuridad.
A su alrededor, cenizas de lo que antes era un bello incendio que había iluminado el camino durante los últimos momentos. No obstante, ahora yacían inertes en el suelo, levantándose unos pocos metros del piso de vez en cuando para después volver a caer, resultado de una ráfaga de viento cuya existencia parecía cuestionable poco después de que soplara.
Aún así, seguía internándose en aquel espacio en el que todos los signos de vida se pudrían lentamente, como por efecto de una fuerza malévola, cuando era obvio que sólo la naturaleza en su inmensidad e inevitabilidad había causado esa extinción masiva.
El final de su camino, incierto, no era ni mucho menos vislumbrable desde la posición en la que se encontraba. Resignado a pararse o darse por vencido, el iluso pretendía alcanzar su destino, sin saber que no sabía cual era. Pronto el yugo de las circunstancias empujado por el continuo fluir del tiempo pusieron su marca en el viaje del caminante que, sabiendo que podía considerarse como lo más sensato la opción del cese de una lucha que no tenía sentido ganar, se abandonó a cualquiera que fuera la suerte que le esperara, habiendo tomado la determinación de no hacer nada para impedir cualquier inconveniente o daño que se le presentara. Pero nada pasó, los animales salvajes no mostraban especial interés en él y su entorno permanecía tan silencioso como siempre, sin mostrar ninguna señal de haber estado esperando la rendición de la supuesta presa.
Esto desesperó al caminante, que comprobó la inutilidad de la lucha y la imposibilidad de modificar factores ajenos a él con su mera voluntad. De ahí en adelante, se viene dedicando a vagar por el páramo y, desde su situación actual, sólo parece cuestión de tiempo que desfallezca por hastío y todo se torne inerte, quedando libre de la atmósfera tenebrosa que oprime sus pocos sentimientos positivos.
A su alrededor, cenizas de lo que antes era un bello incendio que había iluminado el camino durante los últimos momentos. No obstante, ahora yacían inertes en el suelo, levantándose unos pocos metros del piso de vez en cuando para después volver a caer, resultado de una ráfaga de viento cuya existencia parecía cuestionable poco después de que soplara.
Aún así, seguía internándose en aquel espacio en el que todos los signos de vida se pudrían lentamente, como por efecto de una fuerza malévola, cuando era obvio que sólo la naturaleza en su inmensidad e inevitabilidad había causado esa extinción masiva.
El final de su camino, incierto, no era ni mucho menos vislumbrable desde la posición en la que se encontraba. Resignado a pararse o darse por vencido, el iluso pretendía alcanzar su destino, sin saber que no sabía cual era. Pronto el yugo de las circunstancias empujado por el continuo fluir del tiempo pusieron su marca en el viaje del caminante que, sabiendo que podía considerarse como lo más sensato la opción del cese de una lucha que no tenía sentido ganar, se abandonó a cualquiera que fuera la suerte que le esperara, habiendo tomado la determinación de no hacer nada para impedir cualquier inconveniente o daño que se le presentara. Pero nada pasó, los animales salvajes no mostraban especial interés en él y su entorno permanecía tan silencioso como siempre, sin mostrar ninguna señal de haber estado esperando la rendición de la supuesta presa.
Esto desesperó al caminante, que comprobó la inutilidad de la lucha y la imposibilidad de modificar factores ajenos a él con su mera voluntad. De ahí en adelante, se viene dedicando a vagar por el páramo y, desde su situación actual, sólo parece cuestión de tiempo que desfallezca por hastío y todo se torne inerte, quedando libre de la atmósfera tenebrosa que oprime sus pocos sentimientos positivos.
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Gambito de calidad
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